Ayudar es más que recoger perros

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Por: Carlos Andrés Naranjo-Sierra
Una mujer le escribe en el muro de Facebook a mi amiga animalista Mónika Cuartas reprochándole por haberle pedido su ayuda para que recibiera un perro que había recogido y no haberla obtenido. Mónika le había ofrecido publicar las fotos y contactarla con posibles adoptantes pero no, para esta joven mi amiga no era más que una pantallera. Éste no es un caso aislado, muchas personas creen que con recoger un perro de la calle y pasarle la responsabilidad a otro, están haciendo una gran obra de caridad.

La historia, y prehistoria, del Homo sapiens con el perro data de poco más de 12 mil años. Una relación de domesticación del lobo para cuidar el territorio, cazar y mantener limpia la aldea de nuestros antepasados mientras los nuevos lobos, que lentamente evolucionaron en perros, se alimentaban y obtenían el cuidado de la horda primitiva de humanos. Luego vinieron las diferentes razas que fueron cultivadas de acuerdo a los requerimientos de los humanos, pero eso es un tema más reciente.

Debido a esta relación de antaño entre unos y otros es que tenemos en nuestros genes un fuerte lazo que nos conecta, al punto de hacer del hombre el hábitat del perro y del perro el compañero más leal del hombre, de modo que cuando vemos un antepasado del lobo, la mayoría de nosotros siente algo adentro que se solidariza con este compañero de manada y busca ayudarlo. Lo que no nos dicen los genes es cómo hacerlo.

Este sentimiento de solidaridad es ignorado por muchos y en los que no, suele transformarse en culpa, remordimiento y hasta rabia por no poder hacer algo al respecto. Ahora vivimos en espacios reducidos alejados de la estepa o el bosque primitivo y no es fácil conjugar 60 metros cuadrados con un pastor alemán o un labrador. Homines sapientes y canes viviendo en apartamentos, sin ejercicio, sin disciplina y con porcelanas chinas, suelen acabar en conflictos y abandonos.

Los perros llegan con nosotros a las urbes y se reproducen, como lo dicta la evolución, pero ya no encuentran a esa horda primitiva que los acoja. Así que se hace necesario intervenir artificialmente la situación por medio esterilizaciones masivas y albergues oficiales. Desafortunadamente en la mayoría de municipios colombianos no se destinan recursos para el bienestar animal (¡Que se puede esperar si los del bienestar infantil tampoco se ven!) por lo que la solución proviene de unas cuantas iniciativas privadas con recursos muy limitados.

Estas iniciativas privadas, como la Fundación Cánelot de mi amiga Mónika Cuartas, están obligadas a tener unos protocolos de acceso muy restringidos si quieren sobrevivir y poder brindar ayuda de verdad. No hacerlo iría en franco detrimento del bienestar y la vida misma de los perros que se albergan y nos dejaría a merced de las iniciativas públicas que, como los hechos lo demuestran, son casi inexistentes y cuando las hay generalmente dejan mucho que desear.

Por supuesto que no está mal querer encontrarle hogar a un perro. El asunto es cómo ayudar sin volver el tema algo espinoso o personal. Si uno quiere ayudar creo que debería destinar parte de los recursos propios, como tiempo y dinero, de forma juiciosa y sistemática para albergues y fundaciones. Si no es posible tener el perro en casa, por lo menos tomarle fotos para ser replicadas en redes y darle agua y comida cada vez que se pueda, pero lo más efectivo realmente sería presionar a las autoridades locales para que destinaran parte de nuestros impuestos a este tema, condicionando nuestros votos a cambio de una políticas públicas en favor del bienestar animal.

Lo otro, aquello de recoger perros y enojarse con otro porque no los reciben no ayudará más que a generar desavenencias, aunque posiblemente tranquilice la propia conciencia. Recuerdo una exnovia que un día me llamó muy angustiada porque había aparecido un perro atropellado cerca de la tienda de su mamá por el Hospital Mental de Bello. Me dijo que fuera a recogerlo y le buscara casa con alguno de mis amigos animalistas, mientras con tono heroico remataba: “¡Que pendejada yo tan involucrada con la naturaleza y los animales!”.