Despidiendo a Berta. Una historia sobre la eutanasia de una perrita

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
El mes pasado tuve que tomar la difícil decisión de despedirme de Berta, uno de los miembros de mi manada. Nunca me había enfrentado a eso. Lo que empezó como una clara dificultad para caminar y respirar, terminó por revelar que Berta padecía un agresivo hemangiosarcoma que avanzaba a pasos agigantados en su hígado, vaso y pulmones. No lo quería creer, debía tratarse de algún error en el diagnóstico y seguramente el problema era sólo articular. Los hechos terminaron por demostrarme la dura realidad.

Berta tenía un alma grande. Era más generosa que muchos perros. No le importaba mucho que le quitaran la comida o si un niño se le acostaba encima toda la tarde. Acompañaba gustosa a todo el mundo, en especial a mi padre y a los jornaleros que recogían el café en la finca de Fredonia. Pero además de eso, sonreía permanentemente. Era difícil verla sin sus ojos brillantes, la boca entreabierta y la cola moviéndose de un lado para otro. Era una perrita “buena gente”.

Pero ahora, cada día Berta sonreía menos. Su caminar lento y difícil se convirtió en una pausa permanente, hasta el punto de estar todo el día tendida de lado, sin fuerzas para comer, beber o levantarse para orinar o defecar. Trataba de imaginarme la incomodidad que le representaba aguantarse las ganas, pues ella siempre se negó a hacerlo dentro de la casa. Comencé a sacarla cargada afuera sin mucho resultado. Regresaba a la casa a seguir con su triste rutina de mirar la vida pasar de lado.

Su respiración comenzó a hacerse más rápida semana tras semana y a gemir por momentos. La medicación paliativa que habían indicado los veterinarios funcionaba un rato sí y otro no. Le había prometido a Berta, como se lo he prometido a todos mis perros y a mí mismo, que no sufriría más allá de lo necesario. Esa posición me tranquilizaba por momentos pero también me angustiaba saber cuándo sería aquel momento “más allá de lo necesario”.

La verdad, nunca lo supe. Al principio pensé que lo mejor sería terminar rápidamente con su dolor y evitar el riesgo de una hemorragia interna por la ruptura del vaso pero luego decidí que dejaría que la vida obrara por su cuenta y me diera una señal de cuándo era el momento. La señal nunca llegó. El dolor, aquel guardián implacable de la vida, comenzó a hacerse presente cada vez con más frecuencia e intensidad en mi perrita, pero nunca como una señal inequívoca del fin.

Berta nunca dejó de mover la cola cada vez que la llamaba por su nombre ni de mostrar interés por saludar las visitas, fueran animales humanos o no. Su llama simplemente se fue extinguiendo poco a poco hasta el día en que yo decidí dar el soplo final con la ayuda de Marta, una adorable médica veterinaria, que conocimos días antes, cuando llamaba de madrugada a todos los hospitales veterinarios cercanos, en busca de alguien que nos ayudara a aliviar sus pesares.

No tengo una fórmula ni mucho menos el criterio ético para determinar con total certeza si lo que hice estuvo bien o mal, o si me tardé mucho o poco. Sólo sé que Berta, alma grande, descansó finalmente con la eutanasia. Aquel cuerpo, tenso y ultrajado por el cáncer, finalmente se relajó y dejó en paz a la conciencia amorosa de mi amada perra. Yo cobré su vida antes de que el cáncer, cruel, presuroso y egoísta, terminara de devorarla por dentro.

Mientras en compañía de mi querida Girlesa enterraba su cadáver a la sombra de un árbol de café, pensaba en Berta pagando a Caronte, barquero del Hades, con tres galletas, su hermoso viaje al otro lado del río Aqueronte, alejándose en su barca mientras movía la cola y sonreía. ¡Gracias Berta por tu dulce compañía y buen viaje!

¿Cómo se cuándo ha llegado la hora?

A pesar de que parece que no hay fórmulas para saber cuándo despedirse, mientras atravesaba el oscuro valle de la muerte al lado de aquella perrita que encontré una mañana en el barrio Calasanz de Medellín caminando calle arriba y abajo en busca de un amo, Miguel, un médico veterinario y músico, me regaló un interesante texto para evaluar la calidad de vida de las mascotas, que quiero compartir con Ustedes, bajo la idea de que pueda ayudarle a alguien a decidir el camino que debe emprender, de cara a la despedida de un verdadero amigo, bien sea que ladre o que maulle.

Lo transcribo a continuación basado en la traducción libre del documento How do I know when it is the time? The Ohio State University Veterinary Medical Center.

¿Cómo se cuándo ha llegado la hora?
Evaluando el grado de calidad de vida de su mascota para tomar la decisión de terminar su vida

La decisión de realizar la eutanasia a su mascota puede ser una de las decisiones más dificiles que usted haya tomado. Algunas veces los animales de compañía son eutanasiados para minimizar el sufrimiento inecesario. La calidad de vida de los animales se define por su bienestar físico y mental en general, no sólo por un aspecto de su vida. La tabla que encontrará al final, intenta tener en cuenta todos los aspectos de la vida de su mascota pero es importante recordar que todas las mascotas son diferentes de modo que lo que puede considerarse una mala calidad de vida para una, puede ser diferente para otra.

Los valores más altos de esta tabla equivalen a una mejor calidad de vida. Esta tabla puede ayudarle a visualizar mejor el bienestar general de su mascota. En algunos casos incluso un solo elemento en el lado izquierdo de la gráfica (por ejemplo dolor) puede indicar una mala calidad de vida, aunque muchos de los otros elementos sigan siendo positivos. Algunos aspectos o síntomas de la lista se pueden considerar efectos secundarios de los tratamientos que su mascota está recibiendo. Es importante hablar de estos síntomas y efectos secundarios con su médico veterinario.

Preguntas para hacerse a usted mismo:

  • ¿Qué es lo más importante al considerar el tratamiento que finalizará la vida de mi mascota?
  • ¿Cuál es mi opinión acerca de la eutanasia?

Consideraría la eutanasia si algunas de las sigueintes cosas fueran ciertas acerca de mi mascota:

  • ¿Siente mucho dolor?
  • ¿Ya no puede orinar o defecar?
  • ¿Ha comenzado a tener convulsiones?
  • ¿Se ha vuelto incontrolablemente violenta o no es segura para los demás?
  • ¿Ha dejado de comer?
  • ¿No actúa como lo hacía normalmente?
  • ¿Tiene una condición que sólo empeorará con el tiempo?
  • ¿Limitaciones financieras dificultan el tratamiento?
  • ¿El cuidado paliativo ya no funciona o no es una opción?
  • ¿El equipo veterinario recomienda la eutanasia?
  • ¿El equipo veterinario recomienda la eutanasia pero los síntomas o situaciones que se enumeran anteriormente no están presentes?

¿Cómo sé cuándo ha llegado la hora?

  • Las siguientes herramientas le pueden ayudarle tomar la decisión de la eutanasia:
    Contar conla ayuda de su veterinario ya que su veterinario no puede tomar la decisión por usted, es útil que él sepa que usted está considerando esta opción.
  • Recuerde cómo se veía y se comportaba su mascota antes de la enfermedad. A veces los cambios son graduales y por lo tanto diíciles de reconocer. Es recomendablemirar las fotos o videos de su mascota desde antes de la enfermedad.
  • Marcar los días buenos y los malos en un calndario (en ocasiones incluso podrá establecer la distinción de mañana, tarde y noche). Esto podría ser simple como una carita feliz o triste dependiendo de si es bueno o malo. Si los días malos empiezan a ser más que los buenos, puede ser el momento de considerar la eutanasia.
  • Escriba también una lista concreta de tres o cuatro cosas que a su mascota le gusta hacer y mirar cuando ya no sea capaz de disfrutar de éstas pues puede ser el momento de discutir sobre la eutanasia.

Tabla:

El cielo de los perros

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
El famoso poeta chileno Pablo Neruda, seudónimo de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, fue, entre otras cosas, un amante consumado de los canes. Se sabe que en su finca de Michoacán, escribió el poema Un perro ha muerto luego la muerte de uno de sus perros, convirtiéndose en uno de los más famosos escritos para aquellos que despedimos a uno de nuestros amigos peludos.

Dice el poeta que en la mirada de un perro, podemos entender que hay algo en ellos que nunca encontraremos en un humano, pureza, dulzura y lealtad. Los que tenemos perros sabemos exactamente a qué se refería el Nobel de Literatura. En estos días que conmemoro un año de la muerte de Paco, mi labrador dorado, recuerdo su ojo, -sí, su ojo pues había perdido la vista por el otro luego de una agresiva otitis- su cola moviéndose y su danza honesta de un lado hacia otro para saludarme.

Estoy de acuerdo con Neruda cuando dice que los materialistas no creemos en el cielo prometido pero que debe existir algo parecido para nuestros amigos perrunos donde nos esperarán sonriendo con la cola y en el caso de Paco, seguramente con una pelota en la boca. Gracias a la vida por permitirme encontrarle, a él por enseñarme con paciencia a pesar de mis torpezas y por acompañarnos siempre con su alegría.

Un perro ha muerto

Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.

Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.

Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

Pablo Neruda, 1974.

Breves reflexiones sobre el linchamiento del toro en las corralejas de Turbaco


Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
El sábado en la noche me encontré con la noticia del brutal linchamiento a cuchillo, piedra y pata, de uno de los toros que se entregan al público, para su impúdica diversión, durante las corralejas del municipio de Turbaco en el departamento de Bolívar en Colombia. En el vídeo compartido en las redes sociales, se ve como el animal cae a la arena mientras una docena de hombres se acercan para agredirlo hasta causarle la muerte, al tiempo que desde las tribunas muchos celebran el deplorable espectáculo. Luego del fin de semana, los noticieros y programas de opinión han amanecido con el tema en primera plana.

Tomando el toro por los cuernos

El que este tipo de actos se conviertan en noticia, de por sí ya representa un avance moral de nuestra sociedad. Hace tan sólo una década, este tipo de sucesos ocupaban, si mucho, algún comentario al margen de los medios nacionales de comunicación. Por supuesto que esto no es suficiente para combatir la barbarie pero es el primer paso. Incluso algunas personas comenzaron a quejarse con la Fabrica de Licores de Antioquia pues una de sus marcas apareció en la noticia que inicialmente compartió BluRadio en su sitio web, aunque después se confirmó que correspondía a un evento y momento diferente. Pero más allá del error en la foto, lo anterior demuestra que también hemos comenzado a ejercer nuestro poder como consumidores.

El asunto moral y cultural

Algunos medios se han limitado hoy a denunciar el hecho pero otros han ido más allá y han puesto a su panel de trabajo a reflexionar sobre las manifestaciones culturales, la violencia, la ley y las tradiciones, llegando al tema inevitable de las corridas de toros. ¿Una tradición es valiosa por sí misma? ¿Se debe permitir el maltrato animal en ciertos casos? ¿Se deben respetar estas manifestaciones en aras de las libertades individuales? En los artículos Una propuesta contra la Feria Taurina: la feria de la vida y Las corridas ayudan a El Hospital tanto como fumar y beber ayudan a la salud, ya había reflexionado un poco al rededor del tema pero vale la ocasión para retomar algunos puntos importantes.

La tradición por la tradición

Lo primero que quisiera decir es que si una tradición se estanca, la cultura no avanza. Era una tradición la esclavitud y hoy lo es la ablación en algunas comunidades indígenas. También hay que reflexionar sobre el tema del maltrato animal en casos como las cabalgatas, los circos o las atracciones turísticas. Se argumenta que muchas personas viven de éstas actividades pero igual lo hacen los traficantes y los proxenetas y ésto no hace que dejemos de combatirlos. ¿Qué uno es legal y el otro no? Entonces volvemos al primer punto sobre la ley y las tradiciones.

Libertad para maltratar

Otro argumento consiste en afirmar que comenzar a transitar por el camino de la prohibición de este tipo de actividades culturales, terminará por llevarnos a proscribir un sinnúmero de manifestaciones culturales y libertades individuales. Este argumento parece olvidar que la libertad propia se ve limitada necesariamente por la libertad ajena (¿o acaso dejamos en libertad de hacer sus deseos a los sadomasoquistas?) y que el animal maltratado trata de pelear, huir, paralizarse o someterse como una forma de acabar con el martirio al que está siendo sometido. Es decir, no lo disfruta como insinúan algunos taurinos.

Para finalizar quisiera decir que a pesar del lamentable hecho de Turbaco, me parecen más graves las corridas de toros pues en éstas hay premeditación para dar muerte al toro mientras que en el caso de las corralejas no. Esto no disminuye la gravedad de lo ocurrido en Turbaco pero si marca una diferencia significativa en el hecho, de la misma manera que no es lo mismo un homicidio culposo que uno doloso. Lo ocurrido en Turbaco no debe volver a suceder pero aún menos lo que seguimos viendo todos los años en La Macarena, en Cañaveralejo y en muchos otras plazas de toros. El dolor no debe ser motivo de celebración.

Las contradicciones morales de algunos animalistas

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
Los animalistas, por definición, somos aquellas personas que queremos a los animales y trabajamos por la reivindicación de sus derechos. En este grupo, como en toda comunidad humana, hay matices y contradicciones permanentes. Algunas de las contradicciones morales de algunos animalistas son sutiles y otras supremamente evidentes. Como parte de este grupo, y seguramente con mis propias contradicciones como protector de animales, me he dado a la labor de recolectar y denunciar en este artículo algunas de éstas, con el fin de que la discusión nos permita, si no superarlas, por lo menos reconocerlas y manejarlas con un poco de coherencia.

La falta de amor a los seres humanos

La celebre frase de Lord Byron, “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, es reconocida a nivel mundial y usada y abusada por muchos animalistas. Es una frase que encierra el desencanto que muchas veces sentimos por nuestros congéneres pero en el que pareciera anularse la introspección. Si de verdad mientras más conocemos a los hombres más queremos a nuestros perros, habría que decir, como necesariamente lo sugiere el corolario de la afirmación, que “También mientras más me conozco, más quiero a mi perro”. Como quien dice, yo también estoy desengañado de mí mismo.

Cuando uno conoce a los humanos y se conoce a sí mismo, reconoce sus defectos. Egoísmo, envidia, falta de caridad, traición, infidelidad, desamor, avaricia, crueldad y multitud de defectos más. Los perros son fieles pero por naturaleza. Resignados, y pacientes nos acompañan porque seleccionamos a los antepasados del lobo que así lo hicieron. Como diría mi amigo Antonio Vélez: “La falta de inteligencia del animal, lo hace mejor persona”. La posición de amor al animal y de deprecio al animal humano no parece ser coherente en algunos animalistas, dados más un ilimitado amor propio.

El narcisimo permanente

Para que se cumpla el Trastorno Narcisista de la Personalidad, según el DSM V (Manual de Diagnóstico Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría), debe haber un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empiezan al principio de la edad adulta y que se dan en diversos contextos de la vida diaria de la persona.

Sinceramente la verdad es que no sé si el narcisismo de muchos animalistas cumple totalmente con los criterios diagnósticos pero sí con una parte significativa. No pueden ayudar sin tomarse una foto o anunciarlo con bombos y trompetas a los cuatro vientos. Este narcisimo es especialmente contradictorio con el punto anterior en el que se evidencia un desprecio permanente por muchos seres humanos. Pero el problema no es solo que se crean reyes, el problema es cuando comienzan a creer que los demás seres humanos deben ser sus súbditos y comienzan a tratarlos como tales.

El afán de protagonismo

Nadie puede ser más generoso ni más amoroso con los animales si no quiere ser víctima de odios y rencillas. Razón tiene el proverbio animalista que dice que el peor enemigo de un animalista no es un maltratador de animales sino otro animalista. No hay negociaciones ni consensos, pues la mayoría quieren tener un mundo a su imagen y semejanza, ya que no les sirven los puntos intermedios, por considerarlos banales o “light“. Los demás no entendemos la profundidad de sus argumentos o no somos lo verdaderamente humanos que ellos son.

Si otra Fundación o albergue realiza una actividad similar a la suya, para recoger fondos para sus perros o gatos, se le acusa de plagio y se le deprecia soterradamente. Eso sí, sin dejar de hablar a boca llena de amor y generosidad en todas las redes sociales. Otros animalistas no hacen nada sin antes tomarse una selfie o postear en modo público sus oraciones a San Francisco, como si el santo de Asís tuviera cuenta en Facebook y estuviera atento a darle Me Gusta a sus plegarias. Yo no soy creyente pero si de eso se trata, recordemos a Mateo y su evangelio: “Cuando oréis no hagáis como los hipócritas, que gustan rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para exhibirse a la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga”.

La búsqueda de beneficios personales

El egoísmo es algo muy humano y también muy animal. Quien diga que él o su perro son básicamente generosos, está partiendo de una falacia. De los hombres creo que es indudable la búsqueda de beneficios personales y de los canes, sólo como un ejercicio conceptual, espere a que éste tenga hambre y colóquese a su lado simulando querer una porción del plato, para ver hasta dónde llega su generosidad. La leona, que es la que caza, tampoco dice a la leona de otra manda: “Querida, puedes tomar a tu antojo lo que quieras esta gacela que acabo de cazar”.  En los humanos hay una generosidad, pero generalmente es mentirosa pensando en la recompensa posterior. Algunos dirán que los herbívoros comparten el pasto pero se debe al exceso de oferta. No se lo pueden comer todo.

Lo que sí es indudable es que los seres humanos somos los campeones de la mezquindad. Somos salvajes animales políticos que buscamos el poder y sus mieles. Es fácil escuchar a ciertos animalistas inventar discursos de amor y generosidad por los demás, con el fin de obtener más réditos personales, mientras los animales a su cuidado mejoran poco su situación. También me he encontrado en manifestaciones animalistas que desembocan en caravanas políticas a mansalva, para apoyar a un candidato elegido a dedo, o en ceremonias de premiación que terminan en sociedades del mutuo elogio en busca de favores personales como cargos públicos o viajes al exterior, pero de la inversión directa en los animales, pocón pocón.

La posición de víctima

Cuando algunos animalistas van a contar sus historias al público, suelen partir de la posición de la víctima, que lucha sola y valientemente por los derechos de los animales, como si no hubiera alternativa y esa no fuese una elección personal. Elección valiente por demás, pero voluntaria finalmente. Si hay deudas se ponen al descubierto con la idea de suma urgencia y si hay ganancias se disimulan o se callan. Conozco tristes casos en los que se usaron los fondos “para pagarle a mi mamá que me prestó para arreglar el carro” y no “para las vacunas de los perritos”. Ambos necesarios pero que no justifican la manipulación de los donantes.

Creo que quienes hemos decidido ser animalistas, debemos aceptar las implicaciones que conlleva serlo y una de ellas es la dificultad que entraña tratar de educar a los demás sobre la importancia de reconocer a los animales como seres y no como objetos. Ellos, al igual que nosotros tienen sistema nervioso central, y como tal experimentan hambre, frío, sueño y, especialmente, dolor. Las personas que tenemos animales de compañía, los cuidamos como un miembro más de nuestra familia y hacemos sacrificios por ellos que seguramente no haríamos por un vecino o un familiar lejano. Es la cercanía y el contacto permanente los que los hace importantes para nosotros, los que no lo entienden no tienen porque volverse automáticamente nuestros enemigos.

Si no hay motivo de drama, algunos animalistas suelen inventarlo para tener de que quejarse. Que se les acusa, que se les deprecia, que no se les tiene en cuenta o que se les mira feo. Arman un alboroto en todos sus círculos virtuales y reales ante la menor situación, con el fin de llamar la atención y poder exhibirse de nuevo. Considero que quien es coherente con sus elecciones, las asume con tranquilidad y amor. Puede ser que el desengaño aparezca con más frecuencia de la deseada en este mundo de los animalistas pero no por ello hay que fungir de víctima permanentemente.

La intolerancia con los neófitos

Los amateurs, los principiantes, los neófitos, los que no conocen bien el mundo de los animalistas, están supeditados a cometer errores y hacer afirmaciones, que dentro del contexto, pueden sonar indolentes o descabelladas. Considero que no hay una mala intención en ellos, al menos en la mayoría. Y esta es una de las principales contradicciones de algunos animalistas: la falta de pedagogía y tolerancia con los demás.

Queremos que los otros aprendan a querer a los animales pero se les recibe con tres piedras en la mano cuando intentan acercarse. Es como si creyéramos que los demás debieron nacer aprendidos. Si usted es un neófito y llama a solicitar una adopción a una fundación y de casualidad, deja entrever su preferencia por alguna raza u osa sugerir que se le reciba ualgún animal que encontró en la calle como hogar de paso ¡pobre de usted! Hubiera sido mejor que pasara indiferente ante la cruel realidad de los animales pues posiblemente recibirá su sermón, juicio y condena animalista.

Equiparar dolor con sufrimiento

Es como equiparar la metacognición con la cognición. Me explico, la metacognición es la capacidad de autoreconocerse y pensarse, pero no es un invento nuestro, es fruto de millones de años de evolución de la madre naturaleza. Es ésta la que nos permite imaginar, planear y regular nuestro comportamiento, pero también es la que nos permite sufrir lo indecible, dándole vueltas a un problema o a un acontecimiento del pasado o del futuro. Los animales cuentan con esta capacidad pero más limitada, lo que hace que podamos hablar de dolor pero no necesariamente de sufrimiento, ya que este se refiere a la autoconciencia del dolor.

Seguramente cuando se habla de sufrimiento animal, este término no se usa técnicamente y hace referencia más bien a la capacidad de experimentar dolor emocional y éste es claro que existe en muchos animales, especialmente los mamíferos. No es poco el dolor que siente, por ejemplo, el toro de lidia, a pesar de que se muestra valiente en la arena. Las banderillas, la puya y la indolente estocada final son una terrible agonía para el animal, que se convierte en el protagonista involuntario de una celebración en la que el dolor y la muerte están de por medio. Pero el sufrimiento humano, es otra cosa.

Matar por piedad, matar por crueldad

Este puede ser uno de los temas más espinosos. Después de pertenecer un tiempo a determinada comunidad, solemos comenzar a sentirnos con derechos especiales sobre el resto de los mortales. No lo digo sólo por los animalistas, bástenos con ver los magistrados, el propio presidente de la Corte Suprema de Justicia, tratando de hacer valer sus influencias para que a sus hijos no se les aplique la ley. Lo mismo suele suceder con algunos sacerdotes que se consideran por encima del bien y del mal a pesar de sus pesados juicios con los demás. Pues bien, algunos animalistas también lo hacen y matan a sus animales por problemas de conducta o enfermedad, pero si lo hace una persona no animalista se le reclama por no haber tenido suficiente paciencia o haber intentado otros caminos.

El consumo de carne

Creo que esta es una de mis principales contradicciones. Me declaro animalista pero como carne ¿No soy animalista entonces? Tal vez. De hecho un amigo me lo recuerda cada vez que señalo el menú para pedir alguna proteína de origen animal, mientras él, con la frente en alto, no deja de comentar sobre lo avanzado de su alma, por no consumir clase alguna de músculo. La verdad es que he tratado de dejar las carnes pero al final del día me encuentro con una sensación de vacío en el estómago que me supera. Eso sin contar con la pereza que me da cocinar para mi sólo, que vivo únicamente con mis perros.

No sé si la contradicción consista en comer carne o en comer carne que patrocine el maltrato animal. Finalmente, todos los animales mueren sacrificados en la cadena alimenticia. Es cierto que nuestro nivel de conciencia nos compromete moralmente con otro tipo de comportamientos que van más allá del instinto, pero no sé si sea una exageración. El cerebro que tenemos evolucionó gracias a que somos omnívoros y pudimos consumir alimentos con gran cantidad de energía para poder dedicar el tiempo a otras actividades distintas a la alimentación ¿Hoy es otro el escenario y podemos pensar en consumir menos carne? Posiblemente.

El compromiso comienza con la humanidad

El conocido primatólogo belga Frans De Waal afirma que lo que consideramos bueno y malo tiene su origen en la animalidad pero nuestro compromiso principal en términos prácticos y morales está con nuestra familia y nuestros congéneres. Algunos animalistas han olvidado ésto y han decidido inventar mundos de fantasía y acumulación de animales, cercanos al Síndrome de Diógenes, mientras que los demás humanos son unos pobres ignorantes que no entienden su “nivel evolutivo de conciencia”. La verdad me parece lamentable que se construya un discurso de conciencia y amor a los animales a partir del odio y el desprecio hacia los animales humanos.